(23-02-2021).- José Francisco de San Martín y Matorras fue un militar y político rioplatense y libertador de Argentina, Chile y Perú, nació un 25 de febrero de 1.778 en la localidad de Yapeyú, provincia de Corrientes.
Roberto Romani escribió esta semblanza del Padre de la Patria con este título: YAPEYÚ, LA CUNA.
YAPEYÚ, LA CUNA
La vida y los sueños me llevaron muchas veces a Yapeyú, y siempre experimenté la alta emoción de respirar la brisa costera que endulzara la niñez de San Martín.
Fundada por los padres de la Compañía de Jesús, el 4 de febrero de 1627, y destruída por los portugueses, el 21 de enero de 1817, luce hoy con orgullo su pasado guaraní.
Allí, con el perfume ancestral de la gloria cercana, valoré el perfil humano del Padre de la Patria, nacido junto a los misterios del “río de los pájaros” el 25 de febrero de 1778.
Y pude recuperar su voz, entre los viejos recuerdos de su casa natal: “Para defender la causa de la independencia no se necesita otra cosa que orgullo nacional, pero para defender la libertad y sus derechos, se necesitan ciudadanos de instrucción, de elevación de alma, capaces de sentir el intrínseco y no arbitrario valor de los bienes que proporciona el gobierno representativo”.
Mientras abrazaba la nostalgia de una abuela correntina y un bandoneón chamamesero conmovía las callecitas del pueblo, reviví el testimonio de Alfredo Palacios, quien aseguraba que el valiente soldado de América fue ” el cruzado ejemplar de la libertad y del idealismo. Toda su vida y su acción son un límpido cristal donde resplandecen las virtudes máximas de nuestra raza”.
Bartolomé Mitre afirma que ” después de su abdicación en Perú, el general pasó desde Mendoza a Buenos Aires, donde fue recibido con el menosprecio y la indiferencia pública. No tenía patria, esposa ni hogar. Tomó en brazos a su hija y se dirigió silenciosamente hacia el destierro”.
Les recordé a los hermanos del Paiubre, que se animaban al coraje de las semblanzas heróicas, que fue el pueblo de Entre Ríos, en las épocas de Urquiza, el responsable del primer homenaje al ” Santo de la espada”, erigiendo una columna en su memoria.
Finalmente, y unidos por la misma bandera de la Argentina, aplaudimos al encendido lirio, serena templanza americana que ordenó los símbolos de la epopeya. Porque su gesto de actitud libertaria es hoy como ayer un horizonte de esperanza; un vínculo de patria para sentirnos cerca; para abandonar la hipocresía, cruzar la cordillera de la indiferencia y quedarnos para siempre en la verdad de la República.
ROBERTO ROMANI

