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(14-8-2020) Cada 17 de agosto buscamos las palabras oportunas, los conceptos precisos. No siempre nuestra evocación alcanza la altura que se merece el Padre de la Patria, aquel ilustre correntino de las misiones que protagonizó hechos fundamentales en nuestro país y en la América grande.
No había pasado un año de la muerte de José de San Martín, en Francia, cuando el general Justo José de Urquiza en nombre de todos los entrerrianos disponía erigir una columna en honor del vencedor de Chacabuco y Maipú en la plaza central de Paraná, convirtiéndose en el primer homenaje del país, y estableciendo un valioso antecedente para que otros ciudadanos de la Argentina y del mundo pudieran imitar este gesto de reconocimiento y gratitud.
Al llegar por primera vez a Yapeyú, en Corrientes; a El Plumerillo, en Mendoza o a la Catedral Metropolitana, en Buenos Aires, no pudimos dejar de valorar el perfil humano del Santo de la Espada, que al decir del historiador Enrique Mayochi, como soldado y estratega, posibilita exaltar una personalidad singular. También exhibir su ejemplo rector de ciudadano ético para así guiar la conducta de quienes lo admiran.
Para conocer ese perfil, parafraseando a José Astolfi, bastará hacerlo descender por un instante del pedestal que sustentan el mármol y el bronce. Se le devolverán así, exaltados, los rasgos morales y cívicos que lo hicieron merecedor del monumento que la gratitud nacional le levantó en pueblos y ciudades; en plazas y escuelas.
Desde gurises estudiamos su vida, repasamos la hazaña del cruce de la cordillera y celebramos con alegría el aniversario de cada batalla, donde su enorme capacidad de mando y la visión de militar bien formado, le permitieron salir airoso en innumerables entreveros donde se puso en juego la libertad de medio continente.
El escritor Félix Luna nos dijo alguna vez que le hubiera gustado conocer al creador del Regimiento de Granaderos a Caballo, a “este hombre de bien que consagró sus años de ostracismo al cuidado y la educación de su hija. Un hombre que se sintió profundamente criollo, aún durante su larga estada, escribiendo a su amigo Guido que su sueño era tener una casa a orillas del Paraná para invitarlo a comer un buen pucherito”.
Como hijos agradecidos, desde Entre Ríos recordamos al encendido lirio, junto al aborigen cauce de los caracoles. Serena templanza, americana, que ordenó los símbolos de la libertad. Porque su gesto de actitud argentina es un horizonte de esperanza, es un vínculo de patria para sentirnos cerca, para abandonar la hipocresía, cruzar la cordillera de la indiferencia y quedarnos para siempre en la verdad de la República.

ROBERTO ROMANI

(Gentileza El Templo del Libro (San Juan y Uruguay, Paraná)
Imagen: Javier Esteban Bura Peralta.